Crónica de un sueño (parte III y última)
Selección natural
Salí del box de transición con el ímpetu propio de nuestra sangre latina y la desesperación de un miura a las puertas del cajón. En mi mente una premisa: “calma, mucha calma que ahora llega lo más duro”. Cuatro vueltas a un sofocante circuito de 10 kilómetros, a las 14:30h y con un sol de justicia. Sin embargo, las circunstancias del momento, no contribuían a mis intenciones. El gentío aglomerado en los primeros dos kilómetros, el calor del público, la música, el color, la sensación de ser objeto de vítores y ánimos… mantener la calma resultó una tarea complicada. De nuevo, un nudo se instaló en mi garganta con la firme intención de complicarme la respiración. Tragué saliva y aguanté mis impulsos.
El primer avituallamiento no se hizo esperar y la exquisita atención recibida de los voluntarios, una vez más, me hizo sentir “importante”. Recordando los consejos de mi entrenador y de quienes ya acumulaban retos del mismo calibre, caminé a lo largo del tenderete bebiendo y refrescándome la cabeza.
El sol caía en una vertical sin freno y el asfalto sobre el que corríamos, se convertía en fuego a cada paso. Frente a mi vista, Promenade des Anglais se extendía en una curva infinita, sin final, sin descanso, sin piedad. La sensación resultante era de verdadero agobio y opté por no levantar la vista del suelo más allá de unos cuatro o cinco metros por delante de mí.
A medida que pasaban los metros, las indicaciones sobre los puntos kilométricos se me antojaban imposibles; 25km, 40km… todas me quedaban a un mundo de distancia y aún no había completado la primera vuelta al recorrido.
Tras la primera vuelta, enfundé mi muñeca en la primera pulsera. Un hilo de aire sosegó mi mente y mis piernas recobraron su energía inicial. Sin embargo, el fuego del ambiente, consumía mi cuerpo a una velocidad alarmante. Traté de evadir mis pensamientos abstrayéndome forzadamente; tomé decisiones personales y laborales, recordé canciones de mi vida y hasta re-decoré mi casa varias veces, pero el dolor comenzaba a ser reivindicativo y mis pies acusaban el abuso al que les estaba sometiendo. Mi ritmo bajó sin remedio.
De tanto en cuando, me cruzaba con algún compañero y unos escasos segundos de júbilo conseguían evadirme de mi infierno particular. El abuso de geles energéticos comenzó a pasar factura y mi estómago pagó la cuenta. La cosa se complicaba aún más.
Los pensamientos alternativos resultaban estériles y el dolor se hacía cada vez más intenso. Los kilómetros se acumulaban y, poco a poco, el final se iba acercando pero con una parsimonia desesperante. Una reprimenda sonaba en mi cabeza cuando me prometía a mí mismo que nunca más volvería a meterme en un berenjenal así.
Última vuelta y “sólo” 10km me separaban de conseguir mi objetivo, de alcanzar la victoria en mi cruzada personal, de ser un yo mismo superlativo. De repente, comencé a recordar mis largas sesiones de entrenamiento, las incontables tardes y noches corriendo, el frío, la lluvia y el viento soportado, las innumerables veces que había soñado con aquel momento y todas las veces en las que no pude conciliar el sueño. De nuevo, el nudo en la garganta insistió en acompañarme y, esta vez, le di cobijo. Comencé a llorar. Recordé, entonces, la frase que un amigo me dijo en su momento, “Una Ironman es como la selección natural: sólo los más fuertes la terminan” y mis escasas fuerzas se centraron en un único objetivo: acabar.
A penas me separaban trescientos metros de la línea de meta cuando atravesé el último arco publicitario y encaminé mis pasos hacia la alfombra azul. Aún hoy desconozco de dónde pude sacar fuerzas, pero mi ritmo aumentó frenéticamente al entrar por el desvío hacia los últimos cien metros. El apoyo del público, los ánimos de los speakers anunciando mi nombre, la alfombra azul tantas veces imaginada… unos escasos segundos en los que mis instintos más elementales no encontraron freno y lo único que acerté a hacer fue alzar mis brazos al cruzar el arco de meta.
Mi piel se erizó cuando agaché mi cabeza para tomar la medalla que una voluntaria me colgó, y aún lo hace cuando recuerdo aquel momento. Todo mi dolor desapareció en unos instantes, llevándose consigo mi extenuación y la promesa de no volver a repetir una locura así; me he fallado, me he engañado a mi mismo: volveré a hacerlo, volveré a competir en una Ironman.
Comentarios
Buena trilogía Iván y mejor Trilogía competitiva. Completaste los 3 capítulos con ÉXITO. Aunque permíteme que corrija la frase de tu amigo sobre la selección natural. Después de haber hecho varios IM, creo que no son los más fuertes los que acaban sino los más TOZUDOS;) Hemos nacido para ser tozudos, somos hombres tozudos. Born to be Stubborn, Born to be StubbornMan;)
Cierto Javi, cierto, sólo los tozudos acaban pero no quedaba bien hablar de cabezones en una epopeya… pierde fuerza!
De todos modos, gracias por tus comentarios y, sobre todo, por haber estado ahí, dando tu apoyo durante todo este largo trayecto.
Un abrazo.
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