Crónica de un sueño (parte II)
…y a las llanuras bajé
Los primeros cuatro kilómetros se convirtieron en un sueño. La agradable sensación del suave sol sobre la piel, el frescor del alba y, sin embargo el calor del público, contribuyeron a ofrecerme el mejor de los amaneceres que podía imaginar. Un pequeño nudo se acomodó en mi garganta y la emoción del momento se presentó sin avisar. Mi sueño dejo de lado mi almohada y se presentó en forma de regalo; yo estaba ahí porque había trabajado por ello, porque había luchado para, al menos, intentarlo. Formaba parte de ese escenario, parte de la tramoya que convertía ese entorno en un evento especial. En ese momento, una disyuntiva apareció entre mis pensamientos: si tuviera que emplear una única palabra para describir mis sensaciones durante estos últimos siete meses de entrenamiento, tendría conflictos entre “esperanza” y “desesperación”… pero ahí estaba, rodando por Niza.
El recorrido abandonó la ciudad y nos sumergió en algo más complicado que el llano de las calles. Poco a poco, los kilómetros se acumulaban y el desnivel comenzaba a evidenciarse.
Totalmente absorto por la situación, no sin dificultad para encontrar la lucidez, trataba de hacer un repaso sobre todas las notas mentales que acumulaba: detalles sobre el recorrido, puntos kilométricos críticos, tramos complicados y demás estrategias a tener en cuenta.
Avanzábamos a una velocidad respetable para un ciclista, en una media de unos 40 Km/h, semi agrupados aunque algo disgregados para evitar el drafting cuando, de repente, el pelotón realizó un extraño quiebro a izquierdas. Mi memoria se iluminó recordando las advertencias sobre la primera emboscada: una rampa imposible se levantó ante nuestros ojos, con un desnivel que comenzaba en un 10% y acababa en una incómoda acumulación de lactato. Por suerte, el tramo a penas se extendió en seiscientos metros y pudimos digerirlo sin vacilación.
Las horas transcurrían sobre la bicicleta y la dureza del terreno comenzaba a dejar mella en mis piernas. El aspecto del escenario comenzó a transmutar, dejando de lado las caras urbanizaciones de la Côte Azur y abriéndose paso a través de un paisaje de marcado aspecto alpino.
El desnivel se acumulaba y el ritmo de carrera disminuya en la misma proporción que mis fuerzas. Por suerte, la precisa organización, tenía avituallamientos dispuestos cada veinte kilómetros. Recordando entonces los consejos de los sabios, habiendo escuchado al tutor de mis evoluciones durante este largo trance, aproveché los kilómetros de carretera para hidratarme a conciencia y avituallarme sin concesiones: “Come sin hambre y bebe sin sed”, me repetía a la par que devoraba barritas de carbohidratos y engullía geles energéticos. Mientrastanto, la inestimable presencia de público, alentaban nuestros esfuerzos y mitigaban nuestras flaquezas en un valorable intento de exaltar nuestra moral.
Reconozco no ser un dedicado ciclista y, sin bien he entrenado a conciencia a lomos de mi compañera de fatigas, admito que aún tengo mucho que mejorar en esta disciplina.
El Sol apuntaba en perpendicular y el esfuerzo acumulado comenzaba a pasar factura sobre mis cuádriceps. Ni siquiera la majestuosa vista de la Provenza francesa conseguía aligerar mi carga. Mis reservas se vaciaban sin remedio y tan sólo los anestésicos vítores de algún compatriota perdido me ayudaban a completar el camino de vuelta.
Mi memoria no fallaba y el perfil de etapa había quedado grabado a fuego en mi retina. A partir del punto kilométrico 120, dejábamos de ascender y se prometían decenas de kilómetros de vertiginoso descenso. No me equivoqué. La velocidad media aumentó sin contemplaciones y los avisos de peligro se convertían en serias amenazas. Bajábamos a las llanuras y el suplicio se convirtió en respeto, casi en miedo, a medida que me cruzaba con malogrados jinetes accidentados.
Finalmente, abandonamos la montaña y encauzamos la ribera del Var para alternar el descenso con un llano interminable, sólo apto para rodadores aeróbicos, sin demasiados escrúpulos.
Los últimos veinte kilómetros se convirtieron en un suplicio, rodando frente al viento, totalmente acoplado sobre mi flaca, tratando de esconder la cabeza en algún lugar entre el manillar mis brazos y ninguna parte. Hasta que, finalmente, un rótulo anunciaba mi llegada a Promenade des Anglais. Sólo cinco kilómetros por delante de mí y, al fondo, el clamor del público congregado.
El color se manifestaba sin escaseces, la música omnipresente movía mis pedales y el bullicio del gentío aliviaba mi cansancio. En un acto de responsabilidad ante aquella instantánea, no pudiendo defraudar a quienes alentaban mi moral con su estimulante griterío, aceleré el ritmo, apretando mi cuerpo contra el manillar, arrastrando el mayor desarrollo que mi flaca fue capaz de ofrecerme hasta que, finalmente llegué de nuevo a boxes. Casi ciento ochenta kilómetros de auténtico desgaste, de esfuerzo indefinido, de energía consumida. Segundo sector completado.
Con ciertas dificultades para caminar, dejé mi montura al amparo de la organización y entré en la zona de transición. De nuevo, cambio de aspecto: de aprendiz de ciclista a intento de fondista. Breve interludio mientras una voluntaria me aplicaba protector solar, ajuste de mi visera y de nuevo acumulando kilómetros.
Según se dice, la auténtica Ironman comienza en la maratón. Pues bien, ahí me encontraba yo, esta vez sin más ayuda que un par de zapatillas de deporte y el estímulo de sentir que estaba ahí, dónde había soñado estar a lo largo de mis interminables sesiones de entrenamiento. Cuarenta y dos kilómetros me separaban de conseguir mi ansiado trofeo, mi recompensa personal, mi cum laude particular.
[continuará… amenazo con hacerlo]
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