Crónica de un sueño (parte I)

Por The Freak, el 08/07/10

¡Cuánto sudor me ha costado!Alborada masticable

Un ligero descanso, apenas suficiente, y el ruido de la calle acabó por desvelarme. En el reloj las 4:00 a.m y mis compañeros de habitación haciendo lo inherente a esas horas. Traté de reconciliarme con Morfeo pero no fructuó. Difícil noche.

Poco a poco nos fuimos desperezando, sin demasiadas ganas pero aún menos opciones. Una turbia mezcla de sensaciones me obligó a incorporarme sobre la cama; ansiedad, nerviosismo y un ligero temor, sin llegar al miedo, más parecido al respeto de un alpinista frente a una ladera.

El desayuno a base de pan y yogurt contribuyó a diluir el momento y animarlo tímidamente. En la calle, la escena propia de un sábado noche en plena esfervescencia etílica.

Tras un breve repaso mental, como sin querer perder la concentración, salimos del hotel hacia la playa. Mientrastanto, la chavalería de la noche francesa, ajena a nuestro presente, balbuceaba en el idioma de Robespierre, claramente influenciados por el calor y el exceso de testosterona bien regada de alcohol.

Como una silenciosa secta masónica, reconocíamos a nuestros semejantes durante el camino. Todos cortados por el mismo patrón, marcados como el ganado, sellados, identificados por una chillona pulsera naranja, motivados por un objetivo común.

En el box, con el indefinido telón de fondo que dibuja el mar, dormitaban las bicicletas como una manada de ñues al frescor del alba, ligeramente impregnadas de rocío. El ambiente resultaba denso, casi untuoso; la tensión flotaba en el éter y un silencio roto acrecentaba la sensación de ansiedad. Una especie de compañerismo, no exento de cierta desconfianza, evidenciaba la inquietud generalizada mientras que el omnipresente aroma a linimento se mezclaba con el olor recauchutado del neopreno. Untándonos en vaselina como animales en celo, vigilándonos de reojo, disimulando nuestra debilidad y embutiéndonos en estrechos forros oscuros, consumíamos los últimos minutos hasta que la megafonía imperó nuestra salida de la zona de transición. “Alea iacta est” y ya no hay marcha atrás, pasó por mi cabeza.

Los primeros rayos del orto permitieron vislumbrar las balizas. Boyas del tamaño de un menhir se antojaban ridículas ubicadas a mil metros de la playa. Una especie de congoja nos atrapó cuando pudimos reconocer el hercúleo circuito de natación, acrecentado por la innumerable presencia de barcos de asistencia, canoas y helicópteros.

La imagen de casi tres mil triatletas enfundados en neoprenos, la impresionante magnitud del recorrido, el imponente despliegue mediático intensificado por el exagerado volumen de la música house, las cheerleaders coordinadas con precisión de relojero suizo, la admirable presencia de público… aún no sé con qué imagen quedarme. No obstante, lejos de sentirme abrumado, un torrente de energía trepó por mi pecho recordándome dónde estaba.

Al igual que en anteriores ocasiones, es en esos escasos minutos previos a la salida, cuando la amistad se exalta y el compañerismo fraterniza sin miramientos… hasta que suena el pistoletazo de salida: entonces se pierde la simpatía.

Como un agitado y gigantesco cardumen de sardinas, hicimos hervir la bahía de Niza. La joya de la Costa Azul se tornó blanca de espuma y el agua casi se evaporaba en una vorágine de estresados alevines. Los golpes y agarrones se prodigaban sin remedio y en mi mente una única idea inundaba mis pensamientos: “calma, son tres mil ochocientos metros, no te agotes antes de tiempo”.

Las boyas se sucedían rápidas y mis sensaciones resultaban esperanzadoras y agradables. El sol despuntaba por el Este y su cálida luz dibujaba un precioso alba anaranjado sobre mi cara, cada vez que respiraba, a cada brazada, a cada metro que recorría, hasta que completé el sector. Ligeramente aturdido, salí del agua y crucé la alfombra azul en dirección a la zona de transición. Un rápido vistazo al crono me reveló el tiempo empleado y mi satisfacción se mezcló con la euforia en un torrente de adrenalina.

Sin a penas dilación, recogí la bolsa de enseres y mudé mi aspecto: de foca sintética a aprendiz de ciclista.

Entrada en zona de boxes, rápido vistazo hasta encontrar mi montura y, a lomos de mi flaca, acoplé mi postura sobre el manillar, totalmente decidido a devorar ciento ochenta kilómetros por los Alpes Marítimos.

[continuará... supongo]

Comentarios

Como me gusta leerte.!!!!

Ummm, no me dejes con la miel en los labios…Quiero más!!!

 

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