The last dance
Día 1 – A las puertas de Cemenelum
“Bienvenue à Nice”, rezaba un cartel a escasos doscientos metros antes de llegar al aeropuerto. Giro a la izquierda y paseo por Promenade des Anglais, amenizado por el frente marítimo de la fastuosa Côte Azur. Perdidos o más bien, queriendo perdernos, callejeamos hasta encontrar la dirección exacta de nuestro hotel. Por fin en Niza.
A pesar del abultado y pomposo equipaje que transportamos, el check-in resultó rápido, indoloro, poco engorroso y sin apenas tiempo que perder para dirigirnos a la expo del evento.
Los rótulos, omnipresentes en cualquier rincón, las pancartas, banners y demás cachivaches propios de un feriante, enlucían el magnífico envoltorio que hacen, de esta cita un evento espectacular, digno de los “hombres de hierro”.
Mientras me dirigía a la carpa de registro, un gustoso cosquilleo me hacía recordar el porqué de mi actual estadio, el motivo que me ha hecho modificar mis pautas habituales, la razón de mis insomnios galopantes, mi objetivo, mi meta, ser un Ironman.
Día 2 – Valeriana, por favor
Garganta irritada y espalda dolorida; es lo más destacable que he sentido esta mañana. La pegajosa humedad del ambiente nos ha obligado a dormitar con la ventana abierta y el consiguiente efecto pernicioso del rocío matutino. Unido a esto, la calidad de nuestras camas no resulta precisamente plausible. Creo que todavía tengo marcado el somier en mi espalda.
En ayunas, hemos bajado a la playa que mañana haremos hervir con ayuda de otros casi tres mil sufridores. No sin dificultades, hemos conseguido sortear la trampa mortificante que suponen las piedras de esta franja litoral. De todos modos, la cata de la bahía ha valido la pena: el sobrenombre de Costa Azul, resulta insuficiente para describir la calidad de estas aguas. C’est magnifique, que dirían sus oriundos.
Tras este aperitivo, hemos dedicado una hora a recorrer el circuito de maratón. Yo, en particular, he dedicado algo más de dos, dejándome perder por el “barrio de los anticuarios” y el puerto de Niza. Realmente, esta ciudad es hermosa y digna de ser la joya de la Riviera Francesa.
Breve agapé y de nuevo envueltos en el estrés previo al check-in de nuestro material de competición. Bolsa para la primera transición, casco, calcetines, gafas, más calcetines, zapatillas… estas no, que son las de correr… ¿Dónde está mi bolsa de running?¿Alguien ha traído cinta americana?… comprueba la presión de las ruedas… nooooo, esto no va en esta bolsa, va en la verde… basta!!! Respiro, paseo por la habitación, miro de lejos, observo a Juan:
- ¿Quieres que te ayude a preparar tus bolsas? – pregunto con vehemencia
- Sí, por favor, me estoy haciendo un lío - me responde con aspecto de saturación mental.
Finalmente, salimos del hotel y nos dirigimos a los boxes para tramitar nuestro ingreso en la versión moderna de la Santa Inquisición, sólo que vamos como huéspedes y no como anfitriones.
Ya a última hora, como colofón a una variopinta y agotadora jornada, hemos tenido la oportunidad de comprobar la abultada presencia de españoles en este evento. El partido de fútbol España-Chile, nos ha fraternizado en una taberna inglesa, al frescor de unas pintas de malta fermentada, ahuyentando tensiones, relajándonos y reponiendo fuerzas para enfrentarnos a la que, por ahora, será la más dura prueba que hayamos conocido.
Desde mi rincón particular, al amparo de la oscuridad, mientras mis compañeros duermen, describo este momento como una mezcla indigesta de nerviosismo y emoción, de dudas e inseguridades pero, sin embargo, de mucha ilusión. Necesito reencontrarme a mi mismo y superarme de nuevo, romper barreras y demostrarme que soy capaz, que puedo conseguirlo, que quiero conseguirlo. No me fallaré.
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