Half Challenge Barcelona-Maresme 2010
A penas despuntaban los primeros rayos del sol cuando el sonido del despertador me recordada para qué había venido. No resultó complicado sacarme de la ligera duermevela que, escasamente, me permitió descansar durante poco más de unas cinco horas.
En el restaurante del hotel, una menuda representación de huéspedes daban buena cuenta de cualquier cosa susceptible de contener carbohidratos. Las horas intempestivas y sus cuerpos, enjutos y espigados, no dejaban lugar a dudas: son triatletas.
Sin demasiado tiempo para casi nada, mientras las prisas aumentaban el nivel de adrenalina, inusualmente elevado a esas horas de la madrugada, ultimamos detalles y abandonamos el hotel.
Una vez en la zona de boxes, revisábamos el material de competición, amalgamado en sus correspondientes bolsas. Mientras tratábamos de enfundarnos en nuestros ajustados neoprenos, el ambiente comenzaba a calentarse y el intenso olor del linimento inundaba la carpa. Los gestos de compañerismo denotaban el nerviosismo general cuando una última llamada organizó un reguero de hormigas de látex que se agrupó en la playa.
Tras un breve briefing por megafonía, el primer grupo no tardó en saltar al agua y ahí llegó el momento más crucial de la jornada, el instante de inflexión, el punto de no retorno. Es en ese lapso de tiempo cuando las dudas te someten y tu inseguridad se acrecenta, acentuada por tu pulso acelerado. En ese momento te pesa el no haber rendido más en tu preparación, te fustigas por haber sido tan benévolo contigo mismo y te arrepientes de haberte saltado el entrenamiento de aquel día. Pero esta vez no hubo tiempo para llantos; una sonora bocina nos lanzó, literalmente, a los brazos de Neptuno. La ansiedad previa se tornó en agonía mientras el agua, convertida en espuma, engullía decenas de focas con gorros de silicona. Unos metros de sofoco y la primera boya, actuó de juez permitiendo disgregar el grupo tras superar su posición, suavizando la vorágine.
El primer bloque transcurrió enérgico, rápido e indoloro. Superados los escasos dos kilómetros de etapa, la primera transición se eternizó. Aturdidos por el esfuerzo, no sin dificultad, mudamos la piel para quedarnos con un escueto mono de lycra y el obligado casco de seguridad, a modo de tocado deportivo. Noventa kilómetros de ciclismo a pleno sol no es un juego de niños y el ritmo frenético que imponía la masa global no permitió concesión alguna. Los adelantamientos se sucedían sin compasión y los jueces de la prueba aplicaban el ojo crítico controlando el drafting desde sus motos. Zonas de avituallamiento repletas de voluntarios, fotógrafos apostados en las cunetas, despistados transeúntes sorprendidos por las veloces máquinas, flora y fauna que se sucedían como relámpagos al paso de los kilómetros.
Tras la segunda vuelta al circuito, un tortuoso camino nos condujo, de nuevo, a boxes. Rápida localización de bolsas y cambio de complementos. Veintiún kilómetros de justicia a pleno sol acabarían por poner a cada triatleta en su lugar correspondiente. La desagradable sensación de la carrera continua tras dos horas de ciclismo, desaparecía al mismo tiempo que el calor del sol imponía su presencia, doblegando cuerpos, obligando a los más débiles a hincarse de rodillas, a serpentear y dibujar curvas a lo largo del camino.
Segunda vuelta de carrera a pie y la moral comenzó a elevarse. El cosquilleo de la emoción comenzaba a florecer. Reconozco que un nudo se formó en mi garganta e incluso tuve dificultades para contenerlo, no obstante, el calor del público, congregado en terrazas, caminando por el paseo o sentados en el arcén, los aplausos y palabras de aliento, tuvieron parte de culpa. Sin embargo, la misma condición que ahogaba mi aliento, movía mis piernas con más energía. Y, finalmente, la ansiada marca del último kilómetro, se dejó ver sobre el pavimento. Entonces, el agotamiento se desvaneció, la fatiga se tornó en euforia y una contradictoria sensación, pedía a gritos continuar. Pero la alfombra roja no es eterna y el efímero sabor de la gloria es un néctar que llega en pequeñas dosis.
Cabe destacar que me gusta ponerle banda sonora a mi vida, en todo lo que hago, cuando escribo, cuando entreno e incluso cuando trato de no pensar en nada. Durante los últimos kilómetros de carrera a pie, un hipnótico rift resonaba en mi cabeza sin intenciones de abandonarme, denotando su presencia como si de una premonición se tratase. Mi amigo Angus no dejaba de puntear su Hell’s Bells, provocando la catarsis que me liberó del cansancio ayudándome en cada zanzada, a cada metro, hasta el final.
Cinco horas de sufrimiento a cambio de unos minutos de gloria, de dulce agonía, de sabor a victoria, de saber que has vencido a tus propios miedos. Tus límites están más lejos de lo que imaginabas y sólo había una forma de averiguarlo: buscarlos. Ahora que no he logrado encontrados, que siguen ocultos, me siento mejor, más seguro de mí mismo, capaz de alcanzar objetivos mayores, metas más lejanas y cumbres más altas. Ahora afirmo sin miedo, con la cabeza bien alta, con firmeza y seguridad: soy capaz.
Comentarios
En un lugar de la Mancha , de cuyo nombre no quiero acordarme , no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches , duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos , consumían las tres partes de su hacienda . El resto della concluían sayo de velarte , calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mesmo , y los días de entresemana se honraba con su vellorí de lo más fino
Magnífico, Jorge, magnífico… pero poco original.
¿Jorge? mi avanzada edad no me permite recordar a todos aquellos con los que me crucé en la vida… pero vos podéis estar bien seguro que Jorge no es mi nombre.
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