El triatlón mata
Sería el perfecto titular para una de las revistas de divulgación científica (o pseudo-científica) que podemos encontrar colmando los estantes de los kioscos. También podría aderezar la cabecera de cualquier noticiario o incluso servir de hilo conductor en un monográfico televisivo de prime time. Lo cierto es que nos encanta la carnaza mediática y eso tiene sus consecuencias en un plazo más que inminente.
Recientemente, la publicación digital Triatlon Channel hacía eco sobre la muerte de dos triatletas mientras practicaban su deporte. El primero, Brent McLarty de 62 años, padre de los triatletas profesionales, Sara y Dustin McLarty, fallecía arrollado por una furgoneta mientras entrenaba. El segundo, Marc Wezca de 46 años, lo hacía en el sector de natación del Ironman Louisville (USA). Se podrían considerar dos casos aislados pero, a principios de Agosto, otros dos triatletas perdían la vida durante el New York City Triathlon (distancia olímpica) según publicaba The New York Times en su sección de deportes. El turno, esta vez, era para un hombre y una mujer de 64 y 40 años respectivamente. Ambos perecían víctimas de sendos ataques de corazón, de nuevo, en el sector de la natación, en las frías aguas del río Hudson.
El mismo artículo de Triatlon Channel, cita textualmente sobre la práctica del triatlón de larga distancia “Desde muchos sectores se está vendiendo que el triatlón es un deporte que cualquiera puede hacerlo […] Incluso se está intentando vender que cualquiera hasta puede acabar un Ironman, ancianos, gente con sobrepeso, gente sedentaria….algo descabellado que podría provocar más casos como estos”.
¿Estamos ante hechos intrascendentes o se trata de una pauta habitual?¿Se está convirtiendo el triatlón de un deporte de riesgo o lo están mitificando a través de titulares estrambóticos?
Si bien el deporte es sinónimo de salud y bienestar, hitos insólitos como el fallecimiento de un deportista, popular o profesional, remueven el fango de la prensa amarilla y agitan posos sensacionalistas que deberían permanecer en el fondo, al menos, como señal de respeto. Y no en vano, sucesos como la desaparición de futbolistas como Antonio Puerta o Dani Jarque ambos “caídos en acto de servicio” levantan escamas de polémica respecto a la práctica deportiva, sin olvidar a escaladores que sufren amputaciones en su intento de alcanzar nuevas cimas (Juanito Oiarzabal durante el rescate en el Lhotse) o las decenas de ciclistas que sufren las consecuencias, a veces mortales, de irrespetuosos automovilistas. Y así podríamos continuar casi ad infinitum.
Tirando de citas universales, “there is no business like show business” (Irvin Berlin, 1954), el mal ajeno vuelve a ser de lo más rentable. No sólo las vomitivas producciones televisivas de casquería mediática como “Salsa Rosa”, “La Noria”, “Sálvame” y demás asuntos de telemierda (José María García, Nov. 2007), sacan partido de la desgracia del prójimo; ahora se unen programas de deportes e incluso los noticieros del día a día. Que me perdonen por el chiste fácil pero a D.E.C (Dónde Estás Corazón) sólo le falta una letra para convertirse en D.E.P.
El que suscribe, ha practicado parapente (vuelo libre) durante más de una década y durante este tiempo, ha perdido a algún amigo en accidentes de vuelo. Lo más execrable del asunto es que, de nuevo, los medios de comunicación sólo apuntaban a esta disciplina demonizándola, cuando algún malogrado volador sufría un aparatoso accidente o algún desaforado ostentaba sus facultades violando reglas y normas establecidas.
Cierto es que vivimos en la sociedad de la apariencia, la pomposidad y patio de luces. Alargamos más el brazo que la manga y pretendemos proyectar una imagen superlativa de nosotros mismos. Si bien el triatlón nunca ha sido un deporte mediático y de grandes masas, durante los últimos años, estamos asistiendo al nuevo boom del triatletismo popular.
Nos gusta destacar, nos gusta que nuestras palabras y pretensiones sean más grandes que nosotros mismos. Pero ahí, los problemas no hacen nada más que empezar. De hecho, comienza a ser habitual, e incluso preocupante, escuchar a gente que se plantea participar en un Ironman como quien planifica una carrear popular de 10km. La fiebre por “los grandes retos” se alarga como la sombra del ciprés y las consecuencias de esta nueva moda, alimentan el jugoso binomio lucrativo de frívolos titulares y vídeos sobre accidentes, ideal para la cabecera de cualquier programa.
Recientemente, al hilo del mismo telar, el triatleta y doctor Clemente Alonso publicaba un recomendable artículo en la contraportada de la revista Tritatlon. En síntesis, se trataba de una sensata reflexión sobre la cuestionable tendencia de los deportistas populares hacia las competiciones de ostentoso renombre como un Ironman y a la que se podrían añadir afamadas pruebas como Maratón des Sables o Titan Desert.
En la búsqueda del reconocimiento social, tras haber participado en una de estas pruebas, nos perdemos lo más importante: el camino hacia el objetivo. Ahora bien, retomando el hilo conductor inicial, la tremenda dureza de estas pruebas, nos devuelven a la realidad terrenal con una bofetada de pragmatismo ¿Hemos subestimado nuestros objetivos?¿Es esta la semilla que germina noticias sobre accidentes en la práctica del deporte?
En 2010, la JAMA (Journal of the American Medical Association) publicaba un artículo sobre los decesos de triatletas en competición. En un análisis desde 2006 hasta 2008 (sólo en USA), un total de 14 triatletas fallecieron durante alguna competición. Esta cifra supone, a duras penas, un insignificante 0,01% sobre más de 130000 federados en ese país. Sin embargo, el eco mediático se regocija lamentablemente, en estas noticias. A este paso, las aseguradoras calificarán al triatlón como deporte de riesgo y más de uno, cuando vaya a pedir un crédito al banco, mucho se cuidará, de decir que es “para comprarse una cabra” o se expondrá un interés cercano a la usura… no vaya a ser muera antes de pagarlo.
Es muy complicado establecer una relación causa/efecto entre los acontecimientos que, tristemente, hacen eco de nuestro deporte y la falta de preparación de quienes se aventuran a ello. Por otro lado, tampoco existe una pauta común entre los fallecidos durante la práctica y su nivel de rendimiento (alcanza a profesionales y a populares). La única realidad constatable es que, malogradamente, los deportes menos mediáticos experimentan un auge espontáneo cada vez que las fuerzas lucrativas del papel couché, exprimen el zumo de accidentes y demás desgracias medianamente rentables. Penoso, pero cierto.
Fauna diversa
Tras mi último Ironman (…sólo hablo de esta temporada!) y en vista de la extrema longitud que han tomado mis colmillos, he decidido que mi montura debe adaptarse a mis pupilas, osea, a la “niña de mis ojos”. Si “la cabra tira p’al monte”, allí que la busco.
A pesar de que ruedo muy cómodo en mi humilde y discreta Goka, flaca concebida para escalar, no puedo evitar un resoplido cuando veo una “cabra”. Ahora bien ¿Cabra o “flaca tuneada”?
Paseando por la urbe digital, he visto fotos de flacas con manillares de contrarreloj y no hablo de unos acoples para triatlón, hablo de auténticas aerobars que asustan sólo por su agresiva presencia. De igual modo, es más habitual encontrarse cabras, en su más pura concepción, vestidas con manillares de carretera. Los más puristas ponen el grito en el cielo frente a “semejante depravación genética” pero yo me reconozco desviado en este sentido y me encanta la estampa de un cuadro sin sloping, con embutido y un manillar retorcido.
Si bien lo más lógico sería tener dos bicicletas, yo me conozco y una de ellas acabaría por criar musgo en el trastero, por lo tanto, opto por la opción mixta: cabra doméstica apta para el consumo rutinario. Algo no demasiado agresivo, que preserve la integridad de mis cervicales, no me penalice en la escalada y ofrezca un buen rendimiento en llano… ¿Alguien tiene la fórmula de la Coca-Cola?
Escandinavo y disociado
…y no hablo de un vikingo misántropo, sino de una conocida estrategia alimenticia que vio la luz allá por el 1939, ahora plagiada por un nutricionista con aires de semi-dios y rebautizada como “Dieta Dunkan”.
Si bien, en las conocidas pirámides alimenticias, la ubicación natural de los carbohidratos representa la base elemental, el régimen disociado escandinavo (RDE) basa sus principios en la práctica eliminación de estos aumentando el consumo de proteínas y grasas. No obstante, esto tiene sus matices, beneficios y consecuencias que he pagado en mis enjutas carnes.
Lejos de asumirse como una pauta de nutrición estable, el RDE sólo tiene sentido en deportistas, justo una semana antes de una competición. Se estructura de la siguiente forma:
FASE I
Siete días antes de la prueba, se establece un primer periodo de descarga de glúcidos que durará tres días. Durante esta fase, se debe reducir el consumo de carbohidratos a un escaso 10% de lo habitual. Esto no supone más que unos 3-4grs. de carbohidratos por cada kilo de peso corporal, osea, un descalabro para los amantes del pan y la pasta.
Durante este periodo, la actividad deportiva se reduce significativamente aunque no se detiene. Esto produce un efecto “vaciado” de los depósitos de glucógeno y un aumento de cuerpos cetónicos, como la acetona, que son producidos a nivel hepático cuando existe un exceso de oxidación de ácidos grasos.
Las consecuencias son varias: desde una notable pérdida de peso, en su mayoría líquidos (por cada gramo de glucógeno, el cuerpo almacena de 2-4 gramos de agua), hasta un cambio de humor que no te aguantes ni tú mismo y de esto doy fe, aunque mi habitual “simpatía” ya es conocida por mis allegados. De igual modo, la falta de glucosa, principal combustible del cerebro, puede provocar episodios de desorientación y confusión puntuales aunque, confirmo, la irritabilidad se convierte en una constante.
FASE II
A partir del cuarto día, comienza la carga de glucógeno y con ello, la reconciliación con los carbohidratos. Sin perder el Norte ni organizar orgías de pasta y arroz, se procede de forma progresiva, aumentado la ingesta de estos desde unos 300grs hasta unos 600grs, cota a la que se puede llegar el día 6, es decir, el día antes de la competición.
Los beneficios más notables, comprobados en mi cuerpo serrano, son una disminución de peso notable, de entre 1,5 y 2,5kg en una semana, así como una sensación de “cuerpo prieto” muy favorable frente al espejo. En cuanto al rendimiento deportivo, la carga de glúcidos de la FASE II, contribuye a una liberación de energía muy progresiva durante la competición, destacando una mejora en esfuerzos prolongados y una mayor preservación de la musculatura al final de la prueba.
En definitiva, una estrategia que recomiendo probar por sus efectos, aunque no me cabe duda alguna de que, este tipo de variaciones bruscas, debe tener sus contraindicaciones y efectos adversos en su práctica continuada.
Ostracismo no viene de ostra
Si es que es verdad, tengo el blog más abandonado que un perrillo en vacaciones. Lo reconozco, la desidia se ha hecho conmigo. En alianza con la pereza y en coalición con el descuido, han creado un tridente que mantiene mi cabeza en otros menesteres.
Las últimas semanas se han tornado en caos. La vorágine diaria, de obligaciones menos complacientes y compromisos no apetecibles, me ha separado de mi bitácora de sudores. No obstante, sigo generando endorfinas, continúo en la brecha y cumplo con mi pauta deportiva cual alumno de Salesianos. Nobleza obliga y a menos de cuarenta días para el “summa cum laude” de este año, me queda el envite final que merece ser respetado como tal.
Poco tiempo, muchos quehaceres y días demasiado cortos que acaban a la hora de las brujas, postrándome en el sofá con posturas antropomórficas, mientras lucho por diez minutos de sobriedad frente a la caja lista… más lista que yo.
Nada que hacer, guerra perdida, el sueño me vence y me voy a dar un revolcón con Morfeo, pero prometo seguir aquí, explicando mis industrias cotidianas y disertando sobre absurdos que, tal vez, a alguien le interesen algún día. Amén.
¡Sobrao que voy!
Y no es por exceso de soberbia, más bien se trata de una carencia, la de sueño, o visto de otro modo, sobreentrenado… sí ¿Qué pasa?
He de reconocer que llevo mucho tiempo (ni me acuerdo cuanto) sin despertarme una mañana y quedarme en la cama hasta que me aburra. Sinceramente, llevo una media de, a penas, seis o cinco horas de descanso diarias, cuando no resultan ser menos. Si a esto le sumo una media semanal de unas trece horas de entrenamiento, asumo, por tanto y sin más remedio, que padezco un cuadro de fatiga o sobreentreno.
Cuando la apatía hace acto de presencia, el agotamiento y el bajo rendimiento acaban por desfigurarte el rictus y entras en un estado semi-depresivo que “va de perlas” para mantener el nivel y los tiempos en entrenamientos. Así me veo, con unas complicaciones gástricas acrecentadas con un sueño descomunal y un dolor de hombros, espalda y extremidades que me hacen desear una tortilla de Tamiflu.
Según los expertos, el sobreentrenamiento se define como “una condición fisiológica y psicológica que se manifiesta como un estado de deterioro en la disposición atlética“. Es importante reconocer los síntomas del sobreentrenamiento ya que este no aparece de una manera repentina, sino que presenta una serie de síntomas que conviene conocer para así evitar su consolidación. Los más usuales son:
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Retardo en la recuperación después del ejercicio
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Disminución del peso corporal (aunque no siempre)
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Disminución del apetito
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Disminución en el rendimiento deportivo
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Modificación del sueño
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Conducta flemática, irritabilidad emocional
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Aumento de la incidencia de lesiones
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Aumento de la incidencia de infecciones
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Hipoglucemia durante el ejercicio
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Disminución de los niveles de lactato plasmático durante el ejercicio
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Aumento de la frecuencia cardiaca y la presión sanguínea en reposo
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Dolor en el sistema musculoesquelético
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Etc.
Los síntomas del sobreentrenamiento pueden variar de persona a persona, pero la fatiga es siempre el principal síntoma. El único tratamiento efectivo es darle al organismo lo que necesita, es decir, un descanso adecuado, una alimentación inteligente y unos programas de entrenamiento amoldados a cada individuo.
Por lo tanto, y en vista del oscuro panorama que me dibujan, creo que voy a necesitar una sesión de “sobresiesta” o lo que viene a ser “una paliza a la cama”.
Dulces sueños.
¿Y por qué no?
Tan sólo una ilusión o el estado pasajero de enajenación, mientras corremos, mientras evadimos nuestra mente del sufrimiento, pedaleamos, perdemos el aliento y pensamos en un sueño, un deseo… o tal vez no.
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