
Ilusión, motivación, duda, ímpetu, incertidumbre, pasión, agotamiento, dolor, energía, cansancio, hastío, más dolor, sugestión, emoción, angustia, insomnio, tensión, más cansancio, hambre, disciplina, satisfacción, sueño, frustración, de nuevo motivación, deseo, alegría, vacilación, más hambre insaciable, preocupación, fatiga, abatimiento, placer, temor, más dudas… y finalmente, satisfacción.
Pero, sobre todo, la pregunta más controvertida : ¿Qué nos mueve a hacer esto?
(Clickea sobre el TV… que no duele)
Selección natural
Salí del box de transición con el ímpetu propio de nuestra sangre latina y la desesperación de un miura a las puertas del cajón. En mi mente una premisa: “calma, mucha calma que ahora llega lo más duro”. Cuatro vueltas a un sofocante circuito de 10 kilómetros, a las 14:30h y con un sol de justicia. Sin embargo, las circunstancias del momento, no contribuían a mis intenciones. El gentío aglomerado en los primeros dos kilómetros, el calor del público, la música, el color, la sensación de ser objeto de vítores y ánimos… mantener la calma resultó una tarea complicada. De nuevo, un nudo se instaló en mi garganta con la firme intención de complicarme la respiración. Tragué saliva y aguanté mis impulsos.
El primer avituallamiento no se hizo esperar y la exquisita atención recibida de los voluntarios, una vez más, me hizo sentir “importante”. Recordando los consejos de mi entrenador y de quienes ya acumulaban retos del mismo calibre, caminé a lo largo del tenderete bebiendo y refrescándome la cabeza.
El sol caía en una vertical sin freno y el asfalto sobre el que corríamos, se convertía en fuego a cada paso. Frente a mi vista, Promenade des Anglais se extendía en una curva infinita, sin final, sin descanso, sin piedad. La sensación resultante era de verdadero agobio y opté por no levantar la vista del suelo más allá de unos cuatro o cinco metros por delante de mí.
A medida que pasaban los metros, las indicaciones sobre los puntos kilométricos se me antojaban imposibles; 25km, 40km… todas me quedaban a un mundo de distancia y aún no había completado la primera vuelta al recorrido.
Tras la primera vuelta, enfundé mi muñeca en la primera pulsera. Un hilo de aire sosegó mi mente y mis piernas recobraron su energía inicial. Sin embargo, el fuego del ambiente, consumía mi cuerpo a una velocidad alarmante. Traté de evadir mis pensamientos abstrayéndome forzadamente; tomé decisiones personales y laborales, recordé canciones de mi vida y hasta re-decoré mi casa varias veces, pero el dolor comenzaba a ser reivindicativo y mis pies acusaban el abuso al que les estaba sometiendo. Mi ritmo bajó sin remedio.
De tanto en cuando, me cruzaba con algún compañero y unos escasos segundos de júbilo conseguían evadirme de mi infierno particular. El abuso de geles energéticos comenzó a pasar factura y mi estómago pagó la cuenta. La cosa se complicaba aún más.
Los pensamientos alternativos resultaban estériles y el dolor se hacía cada vez más intenso. Los kilómetros se acumulaban y, poco a poco, el final se iba acercando pero con una parsimonia desesperante. Una reprimenda sonaba en mi cabeza cuando me prometía a mí mismo que nunca más volvería a meterme en un berenjenal así.
Última vuelta y “sólo” 10km me separaban de conseguir mi objetivo, de alcanzar la victoria en mi cruzada personal, de ser un yo mismo superlativo. De repente, comencé a recordar mis largas sesiones de entrenamiento, las incontables tardes y noches corriendo, el frío, la lluvia y el viento soportado, las innumerables veces que había soñado con aquel momento y todas las veces en las que no pude conciliar el sueño. De nuevo, el nudo en la garganta insistió en acompañarme y, esta vez, le di cobijo. Comencé a llorar. Recordé, entonces, la frase que un amigo me dijo en su momento, “Una Ironman es como la selección natural: sólo los más fuertes la terminan” y mis escasas fuerzas se centraron en un único objetivo: acabar.
A penas me separaban trescientos metros de la línea de meta cuando atravesé el último arco publicitario y encaminé mis pasos hacia la alfombra azul. Aún hoy desconozco de dónde pude sacar fuerzas, pero mi ritmo aumentó frenéticamente al entrar por el desvío hacia los últimos cien metros. El apoyo del público, los ánimos de los speakers anunciando mi nombre, la alfombra azul tantas veces imaginada… unos escasos segundos en los que mis instintos más elementales no encontraron freno y lo único que acerté a hacer fue alzar mis brazos al cruzar el arco de meta.
Mi piel se erizó cuando agaché mi cabeza para tomar la medalla que una voluntaria me colgó, y aún lo hace cuando recuerdo aquel momento. Todo mi dolor desapareció en unos instantes, llevándose consigo mi extenuación y la promesa de no volver a repetir una locura así; me he fallado, me he engañado a mi mismo: volveré a hacerlo, volveré a competir en una Ironman.
…y a las llanuras bajé
Los primeros cuatro kilómetros se convirtieron en un sueño. La agradable sensación del suave sol sobre la piel, el frescor del alba y, sin embargo el calor del público, contribuyeron a ofrecerme el mejor de los amaneceres que podía imaginar. Un pequeño nudo se acomodó en mi garganta y la emoción del momento se presentó sin avisar. Mi sueño dejo de lado mi almohada y se presentó en forma de regalo; yo estaba ahí porque había trabajado por ello, porque había luchado para, al menos, intentarlo. Formaba parte de ese escenario, parte de la tramoya que convertía ese entorno en un evento especial. En ese momento, una disyuntiva apareció entre mis pensamientos: si tuviera que emplear una única palabra para describir mis sensaciones durante estos últimos siete meses de entrenamiento, tendría conflictos entre “esperanza” y “desesperación”… pero ahí estaba, rodando por Niza.
El recorrido abandonó la ciudad y nos sumergió en algo más complicado que el llano de las calles. Poco a poco, los kilómetros se acumulaban y el desnivel comenzaba a evidenciarse.
Totalmente absorto por la situación, no sin dificultad para encontrar la lucidez, trataba de hacer un repaso sobre todas las notas mentales que acumulaba: detalles sobre el recorrido, puntos kilométricos críticos, tramos complicados y demás estrategias a tener en cuenta.
Avanzábamos a una velocidad respetable para un ciclista, en una media de unos 40 Km/h, semi agrupados aunque algo disgregados para evitar el drafting cuando, de repente, el pelotón realizó un extraño quiebro a izquierdas. Mi memoria se iluminó recordando las advertencias sobre la primera emboscada: una rampa imposible se levantó ante nuestros ojos, con un desnivel que comenzaba en un 10% y acababa en una incómoda acumulación de lactato. Por suerte, el tramo a penas se extendió en seiscientos metros y pudimos digerirlo sin vacilación.
Las horas transcurrían sobre la bicicleta y la dureza del terreno comenzaba a dejar mella en mis piernas. El aspecto del escenario comenzó a transmutar, dejando de lado las caras urbanizaciones de la Côte Azur y abriéndose paso a través de un paisaje de marcado aspecto alpino.
El desnivel se acumulaba y el ritmo de carrera disminuya en la misma proporción que mis fuerzas. Por suerte, la precisa organización, tenía avituallamientos dispuestos cada veinte kilómetros. Recordando entonces los consejos de los sabios, habiendo escuchado al tutor de mis evoluciones durante este largo trance, aproveché los kilómetros de carretera para hidratarme a conciencia y avituallarme sin concesiones: “Come sin hambre y bebe sin sed”, me repetía a la par que devoraba barritas de carbohidratos y engullía geles energéticos. Mientrastanto, la inestimable presencia de público, alentaban nuestros esfuerzos y mitigaban nuestras flaquezas en un valorable intento de exaltar nuestra moral.
Reconozco no ser un dedicado ciclista y, sin bien he entrenado a conciencia a lomos de mi compañera de fatigas, admito que aún tengo mucho que mejorar en esta disciplina.
El Sol apuntaba en perpendicular y el esfuerzo acumulado comenzaba a pasar factura sobre mis cuádriceps. Ni siquiera la majestuosa vista de la Provenza francesa conseguía aligerar mi carga. Mis reservas se vaciaban sin remedio y tan sólo los anestésicos vítores de algún compatriota perdido me ayudaban a completar el camino de vuelta.
Mi memoria no fallaba y el perfil de etapa había quedado grabado a fuego en mi retina. A partir del punto kilométrico 120, dejábamos de ascender y se prometían decenas de kilómetros de vertiginoso descenso. No me equivoqué. La velocidad media aumentó sin contemplaciones y los avisos de peligro se convertían en serias amenazas. Bajábamos a las llanuras y el suplicio se convirtió en respeto, casi en miedo, a medida que me cruzaba con malogrados jinetes accidentados.
Finalmente, abandonamos la montaña y encauzamos la ribera del Var para alternar el descenso con un llano interminable, sólo apto para rodadores aeróbicos, sin demasiados escrúpulos.
Los últimos veinte kilómetros se convirtieron en un suplicio, rodando frente al viento, totalmente acoplado sobre mi flaca, tratando de esconder la cabeza en algún lugar entre el manillar mis brazos y ninguna parte. Hasta que, finalmente, un rótulo anunciaba mi llegada a Promenade des Anglais. Sólo cinco kilómetros por delante de mí y, al fondo, el clamor del público congregado.
El color se manifestaba sin escaseces, la música omnipresente movía mis pedales y el bullicio del gentío aliviaba mi cansancio. En un acto de responsabilidad ante aquella instantánea, no pudiendo defraudar a quienes alentaban mi moral con su estimulante griterío, aceleré el ritmo, apretando mi cuerpo contra el manillar, arrastrando el mayor desarrollo que mi flaca fue capaz de ofrecerme hasta que, finalmente llegué de nuevo a boxes. Casi ciento ochenta kilómetros de auténtico desgaste, de esfuerzo indefinido, de energía consumida. Segundo sector completado.
Con ciertas dificultades para caminar, dejé mi montura al amparo de la organización y entré en la zona de transición. De nuevo, cambio de aspecto: de aprendiz de ciclista a intento de fondista. Breve interludio mientras una voluntaria me aplicaba protector solar, ajuste de mi visera y de nuevo acumulando kilómetros.
Según se dice, la auténtica Ironman comienza en la maratón. Pues bien, ahí me encontraba yo, esta vez sin más ayuda que un par de zapatillas de deporte y el estímulo de sentir que estaba ahí, dónde había soñado estar a lo largo de mis interminables sesiones de entrenamiento. Cuarenta y dos kilómetros me separaban de conseguir mi ansiado trofeo, mi recompensa personal, mi cum laude particular.
[continuará… amenazo con hacerlo]
Alborada masticable
Un ligero descanso, apenas suficiente, y el ruido de la calle acabó por desvelarme. En el reloj las 4:00 a.m y mis compañeros de habitación haciendo lo inherente a esas horas. Traté de reconciliarme con Morfeo pero no fructuó. Difícil noche.
Poco a poco nos fuimos desperezando, sin demasiadas ganas pero aún menos opciones. Una turbia mezcla de sensaciones me obligó a incorporarme sobre la cama; ansiedad, nerviosismo y un ligero temor, sin llegar al miedo, más parecido al respeto de un alpinista frente a una ladera.
El desayuno a base de pan y yogurt contribuyó a diluir el momento y animarlo tímidamente. En la calle, la escena propia de un sábado noche en plena esfervescencia etílica.
Tras un breve repaso mental, como sin querer perder la concentración, salimos del hotel hacia la playa. Mientrastanto, la chavalería de la noche francesa, ajena a nuestro presente, balbuceaba en el idioma de Robespierre, claramente influenciados por el calor y el exceso de testosterona bien regada de alcohol.
Como una silenciosa secta masónica, reconocíamos a nuestros semejantes durante el camino. Todos cortados por el mismo patrón, marcados como el ganado, sellados, identificados por una chillona pulsera naranja, motivados por un objetivo común.
En el box, con el indefinido telón de fondo que dibuja el mar, dormitaban las bicicletas como una manada de ñues al frescor del alba, ligeramente impregnadas de rocío. El ambiente resultaba denso, casi untuoso; la tensión flotaba en el éter y un silencio roto acrecentaba la sensación de ansiedad. Una especie de compañerismo, no exento de cierta desconfianza, evidenciaba la inquietud generalizada mientras que el omnipresente aroma a linimento se mezclaba con el olor recauchutado del neopreno. Untándonos en vaselina como animales en celo, vigilándonos de reojo, disimulando nuestra debilidad y embutiéndonos en estrechos forros oscuros, consumíamos los últimos minutos hasta que la megafonía imperó nuestra salida de la zona de transición. “Alea iacta est” y ya no hay marcha atrás, pasó por mi cabeza.
Los primeros rayos del orto permitieron vislumbrar las balizas. Boyas del tamaño de un menhir se antojaban ridículas ubicadas a mil metros de la playa. Una especie de congoja nos atrapó cuando pudimos reconocer el hercúleo circuito de natación, acrecentado por la innumerable presencia de barcos de asistencia, canoas y helicópteros.
La imagen de casi tres mil triatletas enfundados en neoprenos, la impresionante magnitud del recorrido, el imponente despliegue mediático intensificado por el exagerado volumen de la música house, las cheerleaders coordinadas con precisión de relojero suizo, la admirable presencia de público… aún no sé con qué imagen quedarme. No obstante, lejos de sentirme abrumado, un torrente de energía trepó por mi pecho recordándome dónde estaba.
Al igual que en anteriores ocasiones, es en esos escasos minutos previos a la salida, cuando la amistad se exalta y el compañerismo fraterniza sin miramientos… hasta que suena el pistoletazo de salida: entonces se pierde la simpatía.
Como un agitado y gigantesco cardumen de sardinas, hicimos hervir la bahía de Niza. La joya de la Costa Azul se tornó blanca de espuma y el agua casi se evaporaba en una vorágine de estresados alevines. Los golpes y agarrones se prodigaban sin remedio y en mi mente una única idea inundaba mis pensamientos: “calma, son tres mil ochocientos metros, no te agotes antes de tiempo”.
Las boyas se sucedían rápidas y mis sensaciones resultaban esperanzadoras y agradables. El sol despuntaba por el Este y su cálida luz dibujaba un precioso alba anaranjado sobre mi cara, cada vez que respiraba, a cada brazada, a cada metro que recorría, hasta que completé el sector. Ligeramente aturdido, salí del agua y crucé la alfombra azul en dirección a la zona de transición. Un rápido vistazo al crono me reveló el tiempo empleado y mi satisfacción se mezcló con la euforia en un torrente de adrenalina.
Sin a penas dilación, recogí la bolsa de enseres y mudé mi aspecto: de foca sintética a aprendiz de ciclista.
Entrada en zona de boxes, rápido vistazo hasta encontrar mi montura y, a lomos de mi flaca, acoplé mi postura sobre el manillar, totalmente decidido a devorar ciento ochenta kilómetros por los Alpes Marítimos.
[continuará... supongo]
Día 1 – A las puertas de Cemenelum
“Bienvenue à Nice”, rezaba un cartel a escasos doscientos metros antes de llegar al aeropuerto. Giro a la izquierda y paseo por Promenade des Anglais, amenizado por el frente marítimo de la fastuosa Côte Azur. Perdidos o más bien, queriendo perdernos, callejeamos hasta encontrar la dirección exacta de nuestro hotel. Por fin en Niza.
A pesar del abultado y pomposo equipaje que transportamos, el check-in resultó rápido, indoloro, poco engorroso y sin apenas tiempo que perder para dirigirnos a la expo del evento.
Los rótulos, omnipresentes en cualquier rincón, las pancartas, banners y demás cachivaches propios de un feriante, enlucían el magnífico envoltorio que hacen, de esta cita un evento espectacular, digno de los “hombres de hierro”.
Mientras me dirigía a la carpa de registro, un gustoso cosquilleo me hacía recordar el porqué de mi actual estadio, el motivo que me ha hecho modificar mis pautas habituales, la razón de mis insomnios galopantes, mi objetivo, mi meta, ser un Ironman.
Día 2 – Valeriana, por favor
Garganta irritada y espalda dolorida; es lo más destacable que he sentido esta mañana. La pegajosa humedad del ambiente nos ha obligado a dormitar con la ventana abierta y el consiguiente efecto pernicioso del rocío matutino. Unido a esto, la calidad de nuestras camas no resulta precisamente plausible. Creo que todavía tengo marcado el somier en mi espalda.
En ayunas, hemos bajado a la playa que mañana haremos hervir con ayuda de otros casi tres mil sufridores. No sin dificultades, hemos conseguido sortear la trampa mortificante que suponen las piedras de esta franja litoral. De todos modos, la cata de la bahía ha valido la pena: el sobrenombre de Costa Azul, resulta insuficiente para describir la calidad de estas aguas. C’est magnifique, que dirían sus oriundos.
Tras este aperitivo, hemos dedicado una hora a recorrer el circuito de maratón. Yo, en particular, he dedicado algo más de dos, dejándome perder por el “barrio de los anticuarios” y el puerto de Niza. Realmente, esta ciudad es hermosa y digna de ser la joya de la Riviera Francesa.
Breve agapé y de nuevo envueltos en el estrés previo al check-in de nuestro material de competición. Bolsa para la primera transición, casco, calcetines, gafas, más calcetines, zapatillas… estas no, que son las de correr… ¿Dónde está mi bolsa de running?¿Alguien ha traído cinta americana?… comprueba la presión de las ruedas… nooooo, esto no va en esta bolsa, va en la verde… basta!!! Respiro, paseo por la habitación, miro de lejos, observo a Juan:
- ¿Quieres que te ayude a preparar tus bolsas? – pregunto con vehemencia
- Sí, por favor, me estoy haciendo un lío - me responde con aspecto de saturación mental.
Finalmente, salimos del hotel y nos dirigimos a los boxes para tramitar nuestro ingreso en la versión moderna de la Santa Inquisición, sólo que vamos como huéspedes y no como anfitriones.
Ya a última hora, como colofón a una variopinta y agotadora jornada, hemos tenido la oportunidad de comprobar la abultada presencia de españoles en este evento. El partido de fútbol España-Chile, nos ha fraternizado en una taberna inglesa, al frescor de unas pintas de malta fermentada, ahuyentando tensiones, relajándonos y reponiendo fuerzas para enfrentarnos a la que, por ahora, será la más dura prueba que hayamos conocido.
Desde mi rincón particular, al amparo de la oscuridad, mientras mis compañeros duermen, describo este momento como una mezcla indigesta de nerviosismo y emoción, de dudas e inseguridades pero, sin embargo, de mucha ilusión. Necesito reencontrarme a mi mismo y superarme de nuevo, romper barreras y demostrarme que soy capaz, que puedo conseguirlo, que quiero conseguirlo. No me fallaré.
A menos de dos semanas para el cum laude de mis objetivos para esta temporada, los volúmenes de entrenamiento comienzan a resultar severos. Si bien acabo de empezar mi primera semana de tapering, hasta el pasado Domingo he acumulado un volumen de “persona adulta”. Como parte de la preparación, es algo esencial, se trata de fatigar el cuerpo con el fin de alcanzar un nivel alto de carga y asumir, a posteriori, ese esfuerzo mediante las semanas de recuperación. El problema, sin embargo, es ese ¿Cómo acelerar esa recuperación?
Años atrás, cuando el que suscribe se acercó al mundo de fitness, tuvo la oportunidad de conocer la exagerada variedad de productos de nutrición que existen en el mercado. No obstante, hubo algo que me llamó la atención: la glutamina. Resulta ser uno de los 20 aminoácidos más comunes empleados codificación del código genético; es una cadena lateral de una amida del ácido glutámico, formada mediante el reemplazo del hidroxilo del ácido glutámico con un grupo funcional amina . Está codificada en el ARN mensajero como ‘CAA’ o ‘CAG’. Se trata de un aminoácido no esencial, lo que significa que el organismo puede sintetizarlo a partir de otros aminoácidos presentes en las proteínas o en los alimentos.
Sin embargo, y a pesar de todo este rollo biológico, quienes la consumían habitualmente, sólo apreciaban su función “estética”, es decir, para evitar que la musculatura disminuya de volumen tras un entrenamiento. Lo que estos adictos al levantamiento de hierro seguramente desconocían, es que la suplementación de L-glutamina puede ser beneficiosa en casos de artritis, enfermedades inmunodeficientes, fibrosis, desordenes intestinales, úlceras pépticas, daños en los tejidos debido a radiación, cáncer (en algunos casos se detectan niveles anormales submínimos de glutamina) , etc. Curioso, cuanto menos, este uso terapéutico de un producto tan conocido en el mundillo del fitness.
En mi caso particular, tal vez, podría ayudarme durante estos días de recuperación activa aunque, pensándolo mejor, estoy demasiado cerca de la fecha de “exámenes” como para andarme con experimentos. Creo que la mejor opción será la casera: comer bien y descansar mejor.
En cuanto a los entrenamientos de hoy, tras acumular un fin de semana con 200km de ciclismo y 10km de running, han sido:
Natación – 2000 mts crawl continuos.
Rascamiento de barriga – lo que de de sí la tarde, tan pronto publique este post.
Si bien, en días anteriores comentaba que el camino hacia nuestros objetivos es largo, duro y con desnivel, además de estas inclemencias, en ocasiones nos encontramos con piedras que aún lo dificultan más. Recientemente, un compañero y amigo ha comenzado experimentar una dolencia en el pie derecho que le complica mucho el entrenamiento, tanto que se ha visto en la encrucijada de decidir si puede o no competir en Ironman este año. Su incipiente dolencia ha aumentado en las últimas semanas hasta alarmarle sobremanera. Malogradamente, el resultado de las exploraciones tiene nombre y apellidos: Neuroma de Morton.
El que suscribe estas líneas posee una capacidad innata para la autosugestión; casi se podría decir que soy un hipocondríaco reprimido, sin llegar a padecer enfermedades por simpatía, pero reconozco mi noble “talento” para somatizar cualquier afección y exacerbarla hasta casi detectar sus síntomas. Producto de esta cualidad y del resentimiento moral que me ha proporcionado la lesión de supraespinoso, que he arrastrado los últimos dos meses, he comenzado a preocuparme por el problema de mi amigo. Tras finalizar la Half Challenge del Maresme, comencé a sentir ciertas molestias en el empeine del pie izquierdo. Consulté con mi sistema neuronal y con el Dr. Google, hasta alarmarme pensando en el Sr. Morton.
Para entendernos, un neuroma es la tumoración o engrosamiento de un nervio, generalmente como respuesta a traumatismos. En el caso que nos toca, el neuroma de Morton consiste en la tumoración del nervio interdigital que transcurre entre el tercer y cuarto metatarsiano, y en ocasiones, entre el segundo y tercer metatarsiano. En el 80% de los casos ocurre entre el tercer y cuarto metatarsiano, con lo que yo respiro más tranquilo descartando este diagnóstico en mi bonito pie griego.
Los síntomas principales de esta afección, son el dolor o ardor que se manifiestan, de manera gradual y ocasional. Pueden hacerse muy persistentes o, incluso, permanentes, aunque yo sólo los estoy experimentando desde dos semanas atrás y, creo, motivados por una sobrecarga muscular. Aunque todavía hay mucha controversia por si el dolor se origina cuando el nervio es pellizcado por lo huesos del metatarso al caminar o por la debilidad de un ligamento, lo cierto es que al retirar el zapato y frotar el pie en el suelo, el alivio es inmediato, lo que daría a pensar en que la “liberación” del nervio o ligamento ocasionan el alivio.
Este problema puede originarse por el uso de zapatos de horma estrecha (esos italianos que tanto me gustan), tacones muy altos (que también me gustan… pero en los pies de una mujer) o por caminar en exceso. También puede originarse en personas que padecen juanetes, dedos de martillo, pie plano o en atletas que corren mucho o realizan juegos de raqueta, además también se generan por algún traumatismo o golpe. (¡Ay, que nos vamos acercando peligrosamente!).
Para diagnosticarlo adecuadamente, se tiene que realizar un examen físico manipulando el pie y antes de llegar a una cirugía, que no siempre tiene los resultados esperados, se deben agotar otras alternativas como:
- Uso de plantillas u otro artículo ortopédico, que soporte el arco metatarsiano y reduzcan la presión en los nervios
- Colocación de hielo en la zona adolorida para reducir la inflamación
- Cambiar el calzado y usar uno cómodo, de tacón bajo y amplio en la punta
- Uso de antiinflamatorios no esteroides para reducir el dolor y la inflamación
- Inyecciones de cortisona aplicadas directamente sobre el neuroma
La cirugía solamente deberá proponerse cuando las otras alternativas hayan fallado, y puede hacerse con dos finalidades: una remover el nervio afectado y otra quitarlo. La recuperación, sin embargo, requiere de muchos cuidados, sobre todo de no utilizar el pie hasta que haya cicatrizado perfectamente la herida y aplicar de inmediato métodos de terapia que según la indicación médica pueden incluir hidroterapia, láser, diatermia y otras tantas que eviten la formación de tejido fibroso.
A la vista de este panorama, sólo me queda optar por las medidas preventivas, o de primera instancia, para calmar mis molestias e invocar a algún conjuro deseando que se trate de una simple sobrecarga.
En cuanto a mi amigo: Borja, mucha fuerza y ánimo para recuperarte pronto de esta. Preferiría verte sufrir en una Ironman a hacerlo en un postoperatorio. Un abrazo.
Sobre los entrenamientos de hoy, nada del otro mundo:
Natación – 3000mts en diversas variedades, a cual más excéntrica.
Escuchando: Please don’t stop the music
Autor: versión de Jamie Cullum
Todos los largos caminos han empezado de la misma forma: con un paso. Y aceptamos esta premisa como cabecera del largo y duro camino que supone preparar un Ironman. Cada largo en la piscina, cada salida en bicicleta, cada entrenamiento por pequeño que sea, cada competición, todo cuenta para aumentar ese saldo de horas sufridas y muy sudadas. El asiento del haber debe ser abundante y en este aspecto, casi cualquier propuesta vale… casi cualquiera.
Para no perder las buenas costumbres, me dejé liar: el pasado fin de semana, tuvo lugar la Triatlón Olímpica de Gavá y no pude resistirme. Un año más volví a competir en casa, aunque esta vez con el aliciente de mi mejorado estado de forma. De algún modo tienen que verse los resultados de mis duras y prolongadas sesiones pseudo-masoquistas. El resultado no fue todo lo bueno que podría haberse esperado. La carga acumulada en mis piernas tras la Half Challenge de la semana anterior, no me permitió rendir como me hubiera gustado; al fin y al cabo, una semana de recuperación tras una triatlón de distancia B no es suficiente para recuperar los niveles originales.
Esperaba encontrarme en fase de sobrecompensación pero lo único que encontré fue un notable agotamiento general, especialmente, en mis piernas. Tan pronto salí de la primera transición, a penas recorridos veinte metros a lomos de mi flaca, la dureza de mis cuádriceps vaticinaron lo que sería el resto del sector de cycling: para mi entender, un fracaso.
El sector de running mejoró ligeramente el cómputo general. Me costó 43 minutos recorrer los 10km, algo bastante mejorable teniendo en cuenta que mi marca está en poco más de 38 minutos.
Un tiempo total de 2h 33’ y una posición absoluta en el 186 de 439 triatletas, confirman que habría sido más beneficioso no competir y emplear ese tiempo en descansar… que también es entreno.
En cuanto a la organización, mi felicitación a los compañeros del Gavá Triatló por su excelente labor organizativa.
Nota: durante la celebración de la prueba, la triste noticia del fallecimiento de un triatleta, empañó la jornada. Una parada cardíaca sesgó la vida de Joaquim Raïch, integrante del C.P. Puigcerdà, en el sector de natación. Desde aquí, todo mi apoyo a su familia, mujer e hijos. D.E.P. compañero.
A penas despuntaban los primeros rayos del sol cuando el sonido del despertador me recordada para qué había venido. No resultó complicado sacarme de la ligera duermevela que, escasamente, me permitió descansar durante poco más de unas cinco horas.
En el restaurante del hotel, una menuda representación de huéspedes daban buena cuenta de cualquier cosa susceptible de contener carbohidratos. Las horas intempestivas y sus cuerpos, enjutos y espigados, no dejaban lugar a dudas: son triatletas.
Sin demasiado tiempo para casi nada, mientras las prisas aumentaban el nivel de adrenalina, inusualmente elevado a esas horas de la madrugada, ultimamos detalles y abandonamos el hotel.
Una vez en la zona de boxes, revisábamos el material de competición, amalgamado en sus correspondientes bolsas. Mientras tratábamos de enfundarnos en nuestros ajustados neoprenos, el ambiente comenzaba a calentarse y el intenso olor del linimento inundaba la carpa. Los gestos de compañerismo denotaban el nerviosismo general cuando una última llamada organizó un reguero de hormigas de látex que se agrupó en la playa.
Tras un breve briefing por megafonía, el primer grupo no tardó en saltar al agua y ahí llegó el momento más crucial de la jornada, el instante de inflexión, el punto de no retorno. Es en ese lapso de tiempo cuando las dudas te someten y tu inseguridad se acrecenta, acentuada por tu pulso acelerado. En ese momento te pesa el no haber rendido más en tu preparación, te fustigas por haber sido tan benévolo contigo mismo y te arrepientes de haberte saltado el entrenamiento de aquel día. Pero esta vez no hubo tiempo para llantos; una sonora bocina nos lanzó, literalmente, a los brazos de Neptuno. La ansiedad previa se tornó en agonía mientras el agua, convertida en espuma, engullía decenas de focas con gorros de silicona. Unos metros de sofoco y la primera boya, actuó de juez permitiendo disgregar el grupo tras superar su posición, suavizando la vorágine.
El primer bloque transcurrió enérgico, rápido e indoloro. Superados los escasos dos kilómetros de etapa, la primera transición se eternizó. Aturdidos por el esfuerzo, no sin dificultad, mudamos la piel para quedarnos con un escueto mono de lycra y el obligado casco de seguridad, a modo de tocado deportivo. Noventa kilómetros de ciclismo a pleno sol no es un juego de niños y el ritmo frenético que imponía la masa global no permitió concesión alguna. Los adelantamientos se sucedían sin compasión y los jueces de la prueba aplicaban el ojo crítico controlando el drafting desde sus motos. Zonas de avituallamiento repletas de voluntarios, fotógrafos apostados en las cunetas, despistados transeúntes sorprendidos por las veloces máquinas, flora y fauna que se sucedían como relámpagos al paso de los kilómetros.
Tras la segunda vuelta al circuito, un tortuoso camino nos condujo, de nuevo, a boxes. Rápida localización de bolsas y cambio de complementos. Veintiún kilómetros de justicia a pleno sol acabarían por poner a cada triatleta en su lugar correspondiente. La desagradable sensación de la carrera continua tras dos horas de ciclismo, desaparecía al mismo tiempo que el calor del sol imponía su presencia, doblegando cuerpos, obligando a los más débiles a hincarse de rodillas, a serpentear y dibujar curvas a lo largo del camino.
Segunda vuelta de carrera a pie y la moral comenzó a elevarse. El cosquilleo de la emoción comenzaba a florecer. Reconozco que un nudo se formó en mi garganta e incluso tuve dificultades para contenerlo, no obstante, el calor del público, congregado en terrazas, caminando por el paseo o sentados en el arcén, los aplausos y palabras de aliento, tuvieron parte de culpa. Sin embargo, la misma condición que ahogaba mi aliento, movía mis piernas con más energía. Y, finalmente, la ansiada marca del último kilómetro, se dejó ver sobre el pavimento. Entonces, el agotamiento se desvaneció, la fatiga se tornó en euforia y una contradictoria sensación, pedía a gritos continuar. Pero la alfombra roja no es eterna y el efímero sabor de la gloria es un néctar que llega en pequeñas dosis.
Cabe destacar que me gusta ponerle banda sonora a mi vida, en todo lo que hago, cuando escribo, cuando entreno e incluso cuando trato de no pensar en nada. Durante los últimos kilómetros de carrera a pie, un hipnótico rift resonaba en mi cabeza sin intenciones de abandonarme, denotando su presencia como si de una premonición se tratase. Mi amigo Angus no dejaba de puntear su Hell’s Bells, provocando la catarsis que me liberó del cansancio ayudándome en cada zanzada, a cada metro, hasta el final.
Cinco horas de sufrimiento a cambio de unos minutos de gloria, de dulce agonía, de sabor a victoria, de saber que has vencido a tus propios miedos. Tus límites están más lejos de lo que imaginabas y sólo había una forma de averiguarlo: buscarlos. Ahora que no he logrado encontrados, que siguen ocultos, me siento mejor, más seguro de mí mismo, capaz de alcanzar objetivos mayores, metas más lejanas y cumbres más altas. Ahora afirmo sin miedo, con la cabeza bien alta, con firmeza y seguridad: soy capaz.
A poco más de seis horas para que suene el impertinente timbre del despertador, mis niveles de serotonina no son lo suficientemente elevados como para aplacar el enjambre de abejas que zumba en mi estómago. Los nervios me pueden y no encuentro placebo que mitigue mi insomnio transitorio. Un repertorio de ideas atestan mi mente y me someten a una incordiante vigilia mientras un deseo elíptico trata de imponerse en mi psique: necesito dormir.
La primera prueba de fuego de esta temporada, se agazapa a menos de ocho horas. Tras seis meses de duro entrenamiento, el primer examen se presenta con dientes afilados y aspecto desafiante. Half Challenge, media Ironman, distancia B, cualquier otro acrónimo puede valer para identificar lo que muchos llamarían locura. Sin embargo, esto sólo es la antesala de lo que acontecerá en a penas un mes.
Esta noche no puedo dormir y aún no tengo claro el motivo, aún no se si es porque mañana me enfrentaré a mi primera gran evaluación o porque me veo abrumado por las dudas sobre mi capacidad. En cualquier caso, la suerte está echada y sólo existe una única huída: hacia adelante.
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Acumulado desde Enero de 2010
Natación: 84300 mts
Ciclismo: 2247 kms
Running: 636 kms
Spinning: 43h 45'
Tiempo total de entrenamiento: 246 hrs
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